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Jaime I y los Templarios de Monzón

La batalla de Muret supondrá el hito más importante de la corta historia del estado feudal denominado Corona de Aragón. No solo por el desastre que supuso en la cúpula de poder, pues hasta el propio rey Pedro II moriría en batalla, sino porque supondría, a la sazón, que los reyes aragoneses, en lo sucesivo, girarían el timón del barco expansionista cuarenta y cinco grados en dirección al levante y al Mediterráneo, rompiendo con la tradición de expansión ultrapirenaica. El devenir histórico de los siguientes quinientos años de la Corona no se entendería sin el resultado decisorio de la batalla.

Los señores del Midi francés, vasallos del rey Pedro, mancillados por la acusación de la herejía cátara, serán combatidos a partir de 1209 por el rey francés y el papa Inocencio III, de la mano de Simón IV de Montfort, quien había roto las negociaciones e instado al pontífice a que declarase nuevamente la cruzada contra la herejía cátara. El rey Pedro se vio en la disyuntiva de proteger a sus vasallos o someterse a los designios papales, a quien, a su vez, el propio monarca se había infeudado (desde que su antepasado Sancho Ramírez le rindiera homenaje). Eligió, quizás, la opción de buen señor, pero declinó la de buen vasallo.

El desastre supuso la consumación de una política fallida y de una administración catastrófica, que puso el futuro de la Corona en entredicho. Su hijo Jaime, niño y heredero, se mantenía preso en Carcassone en manos de su vencedor, pues Simon de Montfort había tomado al niño como rehén a cambio de la palabra de su padre de no intervenir. Palabra que, como hemos visto, sabía que no iba a cumplir acaso antes de darla.

Tras el desastre, una delegación de aragoneses y catalanes viajó a Roma para solicitar al papa Inocencio III que intercediese para que el niño fuera devuelto y, de esa forma, restablecer la línea de sucesión; aquella delegación sabía lo que hacía, pues el reino estaba dividido y enfrentado; los nobles, a falta de cabeza de gobierno, se habían alzado en aras de mayores prebendas señoriales. Tras su devolución, y dada su minoría de edad, el niño fue confiado al cabildo templario de Monzón junto a su primo Ramón Berenguer de Provenza, de su misma edad, en cuya encomienda y castillo residía la sede general de la Orden del Temple en Aragón y Cataluña. Sin duda, esta decisión tenía una doble premisa: por un lado, la facción partidaria de la sucesión real veía en los templarios la mejor opción para inculcarle al joven Jaime los valores propios del rey, del caballero y del cristiano en que se convertiría; por otro, qué mejor que un cabildo templario para defender al travieso mocoso de todos los peligros que le acechaban, pues las facciones opositoras planeaban secuestrarlo o acabar con su corta vida.

Sea como fuere, los tres años que el joven rey residió en el castillo de Monzón, de 1214 a 1217, fueron fundamentales para la educación del pequeño. Y no cabe sino a la historia remitirse para constatarlo.

DARÍO ESPAÑOL SOLANA
Miembro de la Sociedad Española de Estudios Medievales

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Propiedad de las fotografías: Ayto. de Monzón, Carlos Orteu, Jesús Ginesta, Lúa Media.